Era una tarde de verano, había decidido tomar unas vacaciones y no pensé en mejor lugar que venir a visitar mi antiguo pueblo, me embarque en el viaje y estaba ansioso quizá por encontrar a las personas que deje en aquel entonces, sabía que era casi imposible, pero bueno, siempre dijeron que yo era el mas soñador.
Llegado al lugar, no podía creer lo mucho que había cambiado la vieja plaza, ahora ya no era tan vieja, estaba llena de pasto verde, muchas flores coloridas, bancas en cada tramo donde sea placentero sentarse y la tan querida glorieta con el agua empozada bajo ella. Como olvidar todos los gratos momentos que pase jugando en ella, con las cuatro entras suspendidas sobre el agua, esas que tanto nos gustaba cruzar. Subo las gradas del centro de la plaza y cruzo uno de los puentes hasta la glorieta, ese mismo en el que deje grabado mi nombre cuando niño y que por poco gravo junto con el nombre de esa niña que tanto me volvía loco, ¿qué sera de Susana?, pensé.
Tomo asiento en una banca y me recuesto doblando los brazos bajo mi cabeza, que gran idea poner bancas en la plazita, pensé, antes hubiera tendido mi suéter en el pasto y me hubiera recostado a mirar como pasaban las nubes sobres las copas de los arboles, arboles tan viejos que siempre tuve la sensación de que me botaban de sus faldas, lanzándome ramitas, hojas y demás cosas que en ellos colgaban, aunque estoy seguro que gracias a ellos nunca quede dormido en la plaza con la boca abierta, dando un espectáculo similar al de un hipopótamo. ¿Me pregunto que sera de la vida de mis amigos?, mientras quedo pensando y poco a poco mis ojos se van haciendo cada vez mas pesados, hasta quedar dormido, recordando y diciendo antes de cerrarlos: Malditos arboles, ya no trabajan como antes.
¡Adrian!, ve a ayudar a tu padre y deja de jugar con los animales, no esperes a que te llame y te pida hacer un trabajo mas pesado, ¡Si, mamá!, respondí. Yo era un niño pequeño de tes clara, con algunas pecas en el rostro, pómulos ligeramente salidos, cabello castaño un poco rizado e inocentes ojos color café claro, que estoy seguro, herede de mi madre. Mi madre era una mujer no muy alta, con nariz respingada, tes similar a la mía y ojos color café, un poco mas claros que los míos, pero que al mirarlos, daban la profunda sensación a tranquilidad, lo mas parecido a los ojos de un ángel y que cada vez que podía, me quedaba mirándolos, sintiéndome cautivado, por la tranquilidad que me infundía. Su cabello era de un color castaño muy tenue, que con el brillo del sol resplandecía como el oro, parecía que su cabello estuviera hecho de diamantes y no como el de todos, pero lo que mas recuerdo de ella, eran sus suaves manos, con las que siempre acariciaba mi cabeza y decía lo tanto que me amaba. Mi padre era un hombre bastante grande, con corpulencia superior a cualquiera, era bastante callado o por lo menos así lo era con nosotros, tenía pómulos idénticos a los míos o siendo lógicos, los míos idénticos a los suyos. Tenia ojos plomos, tan misteriosos como la neblina que merodeaba en temporadas húmedas, uno no podía saber lo que él pensaba si lo miraba directo a los ojos, pero estoy seguro que no muchos lo querían saber. Tenia una abundante barba de color blanco, que religiosamente él cuidaba todas las mañanas, aunque hiciera notar el paso de los años que en él trotaban. No sabía bien si yo tendría la misma barba, pero de alguna forma siempre me pareció, el mejor de sus rasgos. Su cabello era de color negro, con unas cuantas canas que por ahí se asomaban, para él no era problema , pues siempre lo tenia oculto bajo el sobrero que tanto lo caracterizaba, un sombrero de color amarillento, tejido en paja y con unos detalles cafés hechos en soga vieja, este parecía su bien mas preciado, pues parecía serlo incluso, mas que nosotros.
¡Adrian!, tu padre te esta llamando, te advertí que fueras rápido, ¡Ya voy, mamá! (al saber que mi padre solicitaba mi ayuda era como tener fuego en el corazón, siempre le tuve mucho respeto y trataba de hacer mis labores lo mejor posible, trataba de hacer las cosas precisamente como él las pedía, para hacerlo sentir orgulloso de mi quehacer). Iba corriendo entre el corral, desde el pozo de agua, hasta la vieja puerta oxidada en la parte trasera del establo, y a lo lejos, cruzando el gran portón de metal estaba el extenso campo familiar del cual mi padre era dueño; se encontraba ahí parado como si fuese dueño del pueblo entero, como si no hubiese persona mas importante en este pueblo, que él y con mucha suerte nosotros , como si no hubiese mejor campo que el suyo y que por lejos debían darle una ovación de palmas o algún tipo de reconocimiento.
- ¿Si, papá?, mamá me dijo que me llamaste. Yo estaba nervioso, no podía evitarlo, a pesar de ser mi padre, yo siempre sentí que era un peón contratado a la hora de hacer las labores y como todo peón, quería hacer bien las cosas para ser nuevamente contratado.
- Adrian, tu siempre perdiendo el tiempo con los animales, ven, vas a ayudarme a traer el ganado, tenemos que llevarlos al viejo pozo a que tomen agua. Si tanto los quieres, dales de beber, me dijo mi padre.
- Si, papá, respondí.
extravagante.
Salí corriendo balanceando mi cuerpo entre los bordos llenos de pasto, mala hierba, flores e insectos. Bordos que tenían marcado en ellos, el camino que mi padre había dejado, un camino de toda una vida, patrullandolos y vigilandolos, haciéndolo diariamente, revisando e inspeccionando como iban los cultivos, si el ganado estaba bien o si había algún hampón tratando de hurtar el trabajo que mi padre a puro sudor y llagas en las manos, hacia madurar para nosotros, no importaba si era temporada de lluvia o si era temporada de verano, mi padre siempre salia tres veces al día a mirar si todo andaba bien o si podía hacer algo para mejorar lo que ya teníamos. Esa era una de las mas grandes virtudes que recuerdo de mi padre: "Trabajador".
Sorteando los caminos entre los cultivos y la alfalfa para el ganado, iba llegando a donde se encontraban las vacas, nuestra chacra, como le decíamos todos, era realmente grande, cuando era un poco mas pequeño y obviamente mi tamaño no era un factor a mi favor, yo no podía mirar el final de nuestra chacra, mi vista siempre quedaba obstaculizada por el ultimo cultivo. Hasta ahora, que ya soy un poco mas alto y llego a mirar donde acaban nuestros campos, pero que sin lugar a duda, no le quita mi asombro por lo extenso.
Llegado al destino, tenia que tomar una piedra y comenzar a golpear de abajo hacia arriba, las estacas de hierro fundido, que mi padre hacia con sus propias manos ( mi padre nunca dejo que los demás hicieran sus cosas, él siempre quiso hacer todo, para no deber favores), golpeaba y golpeaba, una tras otra, mientras las vacas movían los rabos y azotaban sus espaldas con sus colas, para mi era una forma de saludarnos, siempre que me veían llegar, todas agitaban las colas y lamían sus narices, como si fuesen capaces de saber que vengo a quitarles las estacas para llevarlas al establo.
Mientras arreaba las vacas entre los bordos y caminos que yo ya tenía memorizado y las vacas también, escuche el silbido de una persona, era un silbido que no podría confundir en ningún lugar, era el silbido de mi amigo Antonio, él siempre estaba perdiendo el tiempo o escapando de su casa para evitar hacer las labores que sus padres se supone le encomendarían, pero al parecer siempre sabía cuando salir de casa y evitarse las molestias.
- Hola, Adrian, ¿arreando las vacas?, me pregunto.
- ¿Qué tal?, Antonio , claro que si, o ¿te parecen borregos?, respondí, mientras reía al mirar su rostro enojado , por tocarle las narices.
- Que gracioso eres Adrian, todo un payaso, me respondió. Era gracioso, siempre comenzábamos todas nuestras conversaciones de esta manera, él con la pregunta respondida, yo con la tocada de narices y el tratando de insultarme. No podía negar que a pesar de todo siempre me era grato ver a Antonio, pues sabía que terminadas mis labores, seguro lo encontraría por ahí recostado en algún matorral perdiendo el tiempo o pensando en cuando sería el dueño de los campos de su padre y puedo decir que a pesar de su pensamiento tan vago, él siempre fue uno de mis mejores amigos.
- Lo siento, Antonio, tengo que llevar el ganado al viejo pozo y si mi padre no tiene alguna otra tarea para mi, regresare a buscarte, ¿Estarás por aquí?.
- Seguro Adrian, mi madre quiere que le ayude a limpiar el corral de los patos y pues, no es una tarea que me llame mucho a realizar, así que, seguro y estaré recostado bajo algún árbol, silba cuando este por aquí.
- De acuerdo, Antonio, nos veremos al rato.
Continué arreando el ganado dando gritos y azotando con las cabuyas los rabos de las vacas. Trataba de no ser despiadado al hacerlo, aunque siempre tuve ganas de darles un buen azote para que no me hicieran perder tanto el tiempo, pues no era su culpa el sentir antojos por el camino, en fin no siempre eran unas vacas obedientes que seguían educadamente el sendero, a veces trataban de quedarse a comer algún puñado de alfalfa o hierba que podría hacerles mal, pero que sin duda seria peor para mi, si mi padre llagase a enterarse.
Llegando al portón de la casa, sentía el aroma de mi madre haciendo el almuerzo, era un aroma único en este pueblo, a mi padre siempre le hacía bromas y ovaciones sobre el sazón de mi madre, siempre que invitábamos a alguien a comer algo a la casa, siempre salia dando palmas, chupándose los dedos o lanzando piropos a mi madre, por lo exquisito de sus platos, era algo inevitable, hasta yo le dije infinidad de veces a mi madre, que ponga un negocio de comida.
Iba haciendo entrar las vacas al corral y ahora era mi buen perro el que sentía mi aroma, venia cojeando y agitando la cola fuertemente, como si la tuviera en llamas o como si fuese su palma dándome la bienvenida a casa, sea cual fuese el verdadero motivo, para mi siempre fue simplemente la emoción que el sentía al verme llegar, y que estoy seguro era la misma que yo sentía al mirarlo. Mi perro se llamaba " Cojo ", su mismo andar delataba su nombre, aunque siempre había algún foráneo que preguntaba por el nombre de mi querido perro. Él no nació cojo, él se hizo cojo por defenderme cuando yo era aun un niño y su historia siempre quedara grabada en mi corazón, por que solo un perro como él, puede ser llamado, "el mejor amigo del hombre".
Yo tenia unos cinco o seis años cuando una mañana como esta, entre cielo despejado y sol abrazador, me aventure a caminar por la chacra de mi padre, salí pensando en traer las vacas de regreso al corral, sin que mi madre o mi padre, hayan pedido que saliera a hacerlo. Lo hice, porque siempre era a esa hora, que mi padre salia a recoger al ganado cerca del pozo en la chacra, para traerlo al viejo pozo de la casa, pero extrañamente ese día mi padre demoro un poco en el pueblo comprando afrecho para el ganado.
Salí decidido a traer el ganado, para darle la sorpresa a mi padre y a mi madre que había quedado en la casa preparando el almuerzo, cuando a mi aventura se me une un perro. Una semana antes un amigo de mi padre, había traído un perro pequeño a la casa, era de color dorado, lo mas parecido a un labrador, pero con el hocico mas delgado y las patas mas largas. Saliendo de la casa, el perro me siguió en mi aventura y no tuve mas opción que dejarlo ir conmigo, sentía miedo de alguna forma y que mejor que caminar con alguien para olvidar el miedo.
Íbamos los dos caminando entre los bordos, la alfalfa, las papas, la cebolla y con mucho cuidado por los sembradíos de maíz, pues las hojas de maíz podía fácilmente dejar ciego a cualquiera de los dos, en toda la travesía, sentía como si ese perro me hubiese conocido desde siempre, en los pocos días que estuvo en la casa, formamos una gran amistad, él siempre me hacía caso y yo siempre cuidaba de él. Faltando pocos metros y cruzando un bordo, vi a las vacas donde siempre las dejaba mi padre; con sus hocicos negros y mocosos; y sus colas azotando sus lomos para espantar las moscas. Vamos le decía al perro, mientras me preguntaba, ¿Por qué no le pongo nombre al perro?. Llegamos al pozo y tome una piedra y una por una iba sacando las estacas del suelo, hasta llegar a la ultima, justo en esa vaca, note que tanto la vaca como el perro estaban asustados, parecía que algo pasaba, que algo se ocultaba y de pronto mi perro comenzó a ladras a los bordos y la vaca comenzó a jalar la cadena y ponerse nerviosa, yo no sabía que pasaba o que se ocultaba y a los pocos segundos pude ver un perro negro, era el perro del amigo de mi padre, le decían "Diablo", pues siempre que trataron de robar el ganado de su dueño, siempre mordió, revolcó e hizo huir a los ladrones fuera de los campos de su amo, ganándose así su tan temido apodo. Yo me preguntaba, ¿qué hace Diablo aquí?. Siempre le tuve miedo a ese perro, era un perro grande, de abundante pelaje color negro, de ojos cafés oscuros que se perdían entre sus pelos y sus tan temidos colmillos que parecían los de un lobo salvaje dispuesto a clavarlos en cualquiera que estuviera delante suyo.
Asustado como el ganado y el perro, comencé a correr despavorido, pero antes de ir muy lejos, recordé que si hacía eso, el perro solo me perseguiría y obviamente me alcanzaría, entonces, tome una piedra del suelo y me prepare a lanzársela apenas viese que mueva una pata contra nosotros y fue cuando mi perro comenzó a ladrar furiosamente, sentía como él trataba de ocultar su miedo para poder hacerlo huir y que nos deje en paz, pero no fue suficiente y Diablo se abalanzo contra nosotros, en medio del susto arroje la piedra contra el perro y le di en todo el hocico, mientras mi perro aprovecho el momento y se lanzo contra su cuello, iban dando giros y giros, mientras escuchaba los chillidos de mi perro y sentía la impotencia de no poder hacer algo para ayudarlo y en mi desesperación saque la estaca de la vaca que faltaba y comencé a golpear al perro con la estaca, le daba un golpe tras otro sobre su lomo, sintiendo que no le hacía el mas mínimo daño, tenía miedo de que el perro me mordiera y me contagiara de alguna enfermedad, pero no podía dejar pelear solo a mi amigo contra esa bestia, asustado por la cantidad de golpes que le aseste, Diablo comenzó a retroceder, pero fue solo un instante hasta que que volvió a abalanzarse contra nosotros y esta vez asustando a la vaca que jalaba con la cadena, la vaca jalo fuertemente de la cadena, haciéndome caer al suelo y dejándome atontado, sentía que la vaca me pisaría en cualquier momento y fue entonces que vi los cascos de la vaca sobre mi cuerpo y pensaba en el daño que me podía hacer, pero justo en ese momento mi perro salto a ladrarle, haciéndola asustar y retroceder, pero en todo el alborto, la vaca enredo a mi perro con la cadena que colgaba de su cuello, jalándolo de una pata, mi perro luchaba por no ser arrastrado, hasta que pude tomar conciencia y tomar la cadena entre mis manos y poder liberar a mi perro. Tenía heridas en toda la pata , pero él seguía ahí parado ladrando a Diablo, no podía creer lo corajudo que era este pequeño perro, él podría dar su cuello en plato por protegerme, pensé. En mi susto note que Diablo no quería meterse en el alboroto por miedo ser pisado por el ganado y fue hasta que el ganado se nos aparto un poco, que Diablo se abalanzo con mi perro, aprovechando el estado de su pata delantera y mordiéndolo ahí mismo, sentí los chillidos de dolor que lanzaba mi perro, quede frío, miraba como la sangre brotaba de su piel, podía sentir los colmillos de Diablo, hundiéndose en la piel de mi perro, no podía creerlo, pero no podía quedarme parado ahí sin hacer nada, tome valor y fui corriendo contra los dos perros que estaba trenzados y lance una patada contra Diablo en toda su panza, el perro quedo sin aliento soltando a mi perro y yo tome las piedras que habían y comencé a lanzarlas, no me importaba si el maldito perro moría por alguna piedra, solo pensaba en que el maldito hizo sangrar hasta chillar de dolor a mi pobre perro, solo quería salir de ahí y llevar a mi perro a casa, para que mi mama lo cure y fue entonces que sentí un disparo en el aire. ¡FUERA, CARAJO!, grito alguien y tanto Diablo como el ganado salieron despavoridos del lugar, era mi padre, él lanzo un disparo al aire para ahuyentar al perro y me encontró ahí en el piso con la cara blanca del polvo, la ropa sucia, las manos temblando y con mi perro sangrando de la pata apoyando sobre mis piernas, vamos a la casa hijo, dijo mi padre, mientras cargaba al perro y yo lloraba por lo que le pasaba a mi perro. Tranquilo, va a estar bien, me decía mi padre y yo sentía que si él lo decía, es por que así sería.
Pasado el alboroto, vi a mi perro salir rengueando de la casa, estaba todo chamuscado, con cara de borracho y con la pata vendada, parece que esta bien pensé. Cuando veo salir a mi madre. Mi madre estaba instruida en medicina veterinaria y sabía muy bien, como atender a los pequeños animales de los que eramos dueños, siempre soñé con ser igual que ella, quizá de ahí mi buen trato hacía ellos y mi gran cariño por ellos.
- ¿Mi perro va a estar bien?, le pregunte. Teniendo miedo de cual vaya a ser la respuesta que me de mi madre.
- Si, Adrian, estará bien, pero tienes que cuidarlo mucho, su pata no se puede ensuciar, si no, se infectara y puede que tu perro quede sin pata, respondió mi madre. ¿Sin pata?, JAMAS, pensé. Tendría que cuidarlo sumamente bien, para que pueda curarse.
- De acuerdo, respondí. Y fue en ese momento que mi mamá lo llamo, "Cojo,Cojo" y el perro fue donde ella, quede sorprendido pues nunca antes mi perro le había hecho caso, pero parece que al notar que fue mi madre la que lo salvo de quedar sin pata y quizás de la muerte, no tendría ningún problema en responder al nombre de " Cojo".
- Mira, parece que me hace caso, se quedara con ese nombre, si no, nunca mas me obedecerá,dijo mi madre.
- Esta bien, mamá. Que mas podía decir, yo estaba en la misma deuda que mi perro, ninguno de los dos quería que estuviera mal.
De repente, suena el portón delantero, alguien esta tocando la puerta, grita mi madre y siento los pesados pasos de mi padre acercándose a la puerta, ¿Si, buscas a Adrian?, pregunta mi padre, Si, señor, responde alguien del otro lado. ¡Adrian te busca tu amiguita Susana!, grita mi padre y quedo un poco frió por escuchar su nombre, ¿Susana?, pregunto, Si, no te hagas el tonto, responde mi padre. Salgo a responder y ahí estaba Susana, la niña de la cual siempre estuve secretamente enamorado.
- Dime Susana, ¿Qué ha pasado?
- Nada Adrian, solo pensé en venir a buscarte, saldremos a jugar con la pelota de Samir, estarán todos frente a su casa, quería que estuviéramos todos para que sea mas divertido, ¿qué dices?.
- Claro Susana, como decir que no, estaré ahí dentro de un momento, tengo que cuidar a mi perro un momento, mientras se pone mejor, luego te contare lo que me paso.
- Esta bien Adrian, te espero frente a la casa de Samir.
¡Adrian!, tu padre te esta llamando, te advertí que fueras rápido, ¡Ya voy, mamá! (al saber que mi padre solicitaba mi ayuda era como tener fuego en el corazón, siempre le tuve mucho respeto y trataba de hacer mis labores lo mejor posible, trataba de hacer las cosas precisamente como él las pedía, para hacerlo sentir orgulloso de mi quehacer). Iba corriendo entre el corral, desde el pozo de agua, hasta la vieja puerta oxidada en la parte trasera del establo, y a lo lejos, cruzando el gran portón de metal estaba el extenso campo familiar del cual mi padre era dueño; se encontraba ahí parado como si fuese dueño del pueblo entero, como si no hubiese persona mas importante en este pueblo, que él y con mucha suerte nosotros , como si no hubiese mejor campo que el suyo y que por lejos debían darle una ovación de palmas o algún tipo de reconocimiento.
- ¿Si, papá?, mamá me dijo que me llamaste. Yo estaba nervioso, no podía evitarlo, a pesar de ser mi padre, yo siempre sentí que era un peón contratado a la hora de hacer las labores y como todo peón, quería hacer bien las cosas para ser nuevamente contratado.
- Adrian, tu siempre perdiendo el tiempo con los animales, ven, vas a ayudarme a traer el ganado, tenemos que llevarlos al viejo pozo a que tomen agua. Si tanto los quieres, dales de beber, me dijo mi padre.
- Si, papá, respondí.
extravagante.
Salí corriendo balanceando mi cuerpo entre los bordos llenos de pasto, mala hierba, flores e insectos. Bordos que tenían marcado en ellos, el camino que mi padre había dejado, un camino de toda una vida, patrullandolos y vigilandolos, haciéndolo diariamente, revisando e inspeccionando como iban los cultivos, si el ganado estaba bien o si había algún hampón tratando de hurtar el trabajo que mi padre a puro sudor y llagas en las manos, hacia madurar para nosotros, no importaba si era temporada de lluvia o si era temporada de verano, mi padre siempre salia tres veces al día a mirar si todo andaba bien o si podía hacer algo para mejorar lo que ya teníamos. Esa era una de las mas grandes virtudes que recuerdo de mi padre: "Trabajador".
Sorteando los caminos entre los cultivos y la alfalfa para el ganado, iba llegando a donde se encontraban las vacas, nuestra chacra, como le decíamos todos, era realmente grande, cuando era un poco mas pequeño y obviamente mi tamaño no era un factor a mi favor, yo no podía mirar el final de nuestra chacra, mi vista siempre quedaba obstaculizada por el ultimo cultivo. Hasta ahora, que ya soy un poco mas alto y llego a mirar donde acaban nuestros campos, pero que sin lugar a duda, no le quita mi asombro por lo extenso.
Llegado al destino, tenia que tomar una piedra y comenzar a golpear de abajo hacia arriba, las estacas de hierro fundido, que mi padre hacia con sus propias manos ( mi padre nunca dejo que los demás hicieran sus cosas, él siempre quiso hacer todo, para no deber favores), golpeaba y golpeaba, una tras otra, mientras las vacas movían los rabos y azotaban sus espaldas con sus colas, para mi era una forma de saludarnos, siempre que me veían llegar, todas agitaban las colas y lamían sus narices, como si fuesen capaces de saber que vengo a quitarles las estacas para llevarlas al establo.
Mientras arreaba las vacas entre los bordos y caminos que yo ya tenía memorizado y las vacas también, escuche el silbido de una persona, era un silbido que no podría confundir en ningún lugar, era el silbido de mi amigo Antonio, él siempre estaba perdiendo el tiempo o escapando de su casa para evitar hacer las labores que sus padres se supone le encomendarían, pero al parecer siempre sabía cuando salir de casa y evitarse las molestias.
- Hola, Adrian, ¿arreando las vacas?, me pregunto.
- ¿Qué tal?, Antonio , claro que si, o ¿te parecen borregos?, respondí, mientras reía al mirar su rostro enojado , por tocarle las narices.
- Que gracioso eres Adrian, todo un payaso, me respondió. Era gracioso, siempre comenzábamos todas nuestras conversaciones de esta manera, él con la pregunta respondida, yo con la tocada de narices y el tratando de insultarme. No podía negar que a pesar de todo siempre me era grato ver a Antonio, pues sabía que terminadas mis labores, seguro lo encontraría por ahí recostado en algún matorral perdiendo el tiempo o pensando en cuando sería el dueño de los campos de su padre y puedo decir que a pesar de su pensamiento tan vago, él siempre fue uno de mis mejores amigos.
- Lo siento, Antonio, tengo que llevar el ganado al viejo pozo y si mi padre no tiene alguna otra tarea para mi, regresare a buscarte, ¿Estarás por aquí?.
- Seguro Adrian, mi madre quiere que le ayude a limpiar el corral de los patos y pues, no es una tarea que me llame mucho a realizar, así que, seguro y estaré recostado bajo algún árbol, silba cuando este por aquí.
- De acuerdo, Antonio, nos veremos al rato.
Continué arreando el ganado dando gritos y azotando con las cabuyas los rabos de las vacas. Trataba de no ser despiadado al hacerlo, aunque siempre tuve ganas de darles un buen azote para que no me hicieran perder tanto el tiempo, pues no era su culpa el sentir antojos por el camino, en fin no siempre eran unas vacas obedientes que seguían educadamente el sendero, a veces trataban de quedarse a comer algún puñado de alfalfa o hierba que podría hacerles mal, pero que sin duda seria peor para mi, si mi padre llagase a enterarse.
Llegando al portón de la casa, sentía el aroma de mi madre haciendo el almuerzo, era un aroma único en este pueblo, a mi padre siempre le hacía bromas y ovaciones sobre el sazón de mi madre, siempre que invitábamos a alguien a comer algo a la casa, siempre salia dando palmas, chupándose los dedos o lanzando piropos a mi madre, por lo exquisito de sus platos, era algo inevitable, hasta yo le dije infinidad de veces a mi madre, que ponga un negocio de comida.
Iba haciendo entrar las vacas al corral y ahora era mi buen perro el que sentía mi aroma, venia cojeando y agitando la cola fuertemente, como si la tuviera en llamas o como si fuese su palma dándome la bienvenida a casa, sea cual fuese el verdadero motivo, para mi siempre fue simplemente la emoción que el sentía al verme llegar, y que estoy seguro era la misma que yo sentía al mirarlo. Mi perro se llamaba " Cojo ", su mismo andar delataba su nombre, aunque siempre había algún foráneo que preguntaba por el nombre de mi querido perro. Él no nació cojo, él se hizo cojo por defenderme cuando yo era aun un niño y su historia siempre quedara grabada en mi corazón, por que solo un perro como él, puede ser llamado, "el mejor amigo del hombre".
Yo tenia unos cinco o seis años cuando una mañana como esta, entre cielo despejado y sol abrazador, me aventure a caminar por la chacra de mi padre, salí pensando en traer las vacas de regreso al corral, sin que mi madre o mi padre, hayan pedido que saliera a hacerlo. Lo hice, porque siempre era a esa hora, que mi padre salia a recoger al ganado cerca del pozo en la chacra, para traerlo al viejo pozo de la casa, pero extrañamente ese día mi padre demoro un poco en el pueblo comprando afrecho para el ganado.
Salí decidido a traer el ganado, para darle la sorpresa a mi padre y a mi madre que había quedado en la casa preparando el almuerzo, cuando a mi aventura se me une un perro. Una semana antes un amigo de mi padre, había traído un perro pequeño a la casa, era de color dorado, lo mas parecido a un labrador, pero con el hocico mas delgado y las patas mas largas. Saliendo de la casa, el perro me siguió en mi aventura y no tuve mas opción que dejarlo ir conmigo, sentía miedo de alguna forma y que mejor que caminar con alguien para olvidar el miedo.
Íbamos los dos caminando entre los bordos, la alfalfa, las papas, la cebolla y con mucho cuidado por los sembradíos de maíz, pues las hojas de maíz podía fácilmente dejar ciego a cualquiera de los dos, en toda la travesía, sentía como si ese perro me hubiese conocido desde siempre, en los pocos días que estuvo en la casa, formamos una gran amistad, él siempre me hacía caso y yo siempre cuidaba de él. Faltando pocos metros y cruzando un bordo, vi a las vacas donde siempre las dejaba mi padre; con sus hocicos negros y mocosos; y sus colas azotando sus lomos para espantar las moscas. Vamos le decía al perro, mientras me preguntaba, ¿Por qué no le pongo nombre al perro?. Llegamos al pozo y tome una piedra y una por una iba sacando las estacas del suelo, hasta llegar a la ultima, justo en esa vaca, note que tanto la vaca como el perro estaban asustados, parecía que algo pasaba, que algo se ocultaba y de pronto mi perro comenzó a ladras a los bordos y la vaca comenzó a jalar la cadena y ponerse nerviosa, yo no sabía que pasaba o que se ocultaba y a los pocos segundos pude ver un perro negro, era el perro del amigo de mi padre, le decían "Diablo", pues siempre que trataron de robar el ganado de su dueño, siempre mordió, revolcó e hizo huir a los ladrones fuera de los campos de su amo, ganándose así su tan temido apodo. Yo me preguntaba, ¿qué hace Diablo aquí?. Siempre le tuve miedo a ese perro, era un perro grande, de abundante pelaje color negro, de ojos cafés oscuros que se perdían entre sus pelos y sus tan temidos colmillos que parecían los de un lobo salvaje dispuesto a clavarlos en cualquiera que estuviera delante suyo.
Asustado como el ganado y el perro, comencé a correr despavorido, pero antes de ir muy lejos, recordé que si hacía eso, el perro solo me perseguiría y obviamente me alcanzaría, entonces, tome una piedra del suelo y me prepare a lanzársela apenas viese que mueva una pata contra nosotros y fue cuando mi perro comenzó a ladrar furiosamente, sentía como él trataba de ocultar su miedo para poder hacerlo huir y que nos deje en paz, pero no fue suficiente y Diablo se abalanzo contra nosotros, en medio del susto arroje la piedra contra el perro y le di en todo el hocico, mientras mi perro aprovecho el momento y se lanzo contra su cuello, iban dando giros y giros, mientras escuchaba los chillidos de mi perro y sentía la impotencia de no poder hacer algo para ayudarlo y en mi desesperación saque la estaca de la vaca que faltaba y comencé a golpear al perro con la estaca, le daba un golpe tras otro sobre su lomo, sintiendo que no le hacía el mas mínimo daño, tenía miedo de que el perro me mordiera y me contagiara de alguna enfermedad, pero no podía dejar pelear solo a mi amigo contra esa bestia, asustado por la cantidad de golpes que le aseste, Diablo comenzó a retroceder, pero fue solo un instante hasta que que volvió a abalanzarse contra nosotros y esta vez asustando a la vaca que jalaba con la cadena, la vaca jalo fuertemente de la cadena, haciéndome caer al suelo y dejándome atontado, sentía que la vaca me pisaría en cualquier momento y fue entonces que vi los cascos de la vaca sobre mi cuerpo y pensaba en el daño que me podía hacer, pero justo en ese momento mi perro salto a ladrarle, haciéndola asustar y retroceder, pero en todo el alborto, la vaca enredo a mi perro con la cadena que colgaba de su cuello, jalándolo de una pata, mi perro luchaba por no ser arrastrado, hasta que pude tomar conciencia y tomar la cadena entre mis manos y poder liberar a mi perro. Tenía heridas en toda la pata , pero él seguía ahí parado ladrando a Diablo, no podía creer lo corajudo que era este pequeño perro, él podría dar su cuello en plato por protegerme, pensé. En mi susto note que Diablo no quería meterse en el alboroto por miedo ser pisado por el ganado y fue hasta que el ganado se nos aparto un poco, que Diablo se abalanzo con mi perro, aprovechando el estado de su pata delantera y mordiéndolo ahí mismo, sentí los chillidos de dolor que lanzaba mi perro, quede frío, miraba como la sangre brotaba de su piel, podía sentir los colmillos de Diablo, hundiéndose en la piel de mi perro, no podía creerlo, pero no podía quedarme parado ahí sin hacer nada, tome valor y fui corriendo contra los dos perros que estaba trenzados y lance una patada contra Diablo en toda su panza, el perro quedo sin aliento soltando a mi perro y yo tome las piedras que habían y comencé a lanzarlas, no me importaba si el maldito perro moría por alguna piedra, solo pensaba en que el maldito hizo sangrar hasta chillar de dolor a mi pobre perro, solo quería salir de ahí y llevar a mi perro a casa, para que mi mama lo cure y fue entonces que sentí un disparo en el aire. ¡FUERA, CARAJO!, grito alguien y tanto Diablo como el ganado salieron despavoridos del lugar, era mi padre, él lanzo un disparo al aire para ahuyentar al perro y me encontró ahí en el piso con la cara blanca del polvo, la ropa sucia, las manos temblando y con mi perro sangrando de la pata apoyando sobre mis piernas, vamos a la casa hijo, dijo mi padre, mientras cargaba al perro y yo lloraba por lo que le pasaba a mi perro. Tranquilo, va a estar bien, me decía mi padre y yo sentía que si él lo decía, es por que así sería.
Pasado el alboroto, vi a mi perro salir rengueando de la casa, estaba todo chamuscado, con cara de borracho y con la pata vendada, parece que esta bien pensé. Cuando veo salir a mi madre. Mi madre estaba instruida en medicina veterinaria y sabía muy bien, como atender a los pequeños animales de los que eramos dueños, siempre soñé con ser igual que ella, quizá de ahí mi buen trato hacía ellos y mi gran cariño por ellos.
- ¿Mi perro va a estar bien?, le pregunte. Teniendo miedo de cual vaya a ser la respuesta que me de mi madre.
- Si, Adrian, estará bien, pero tienes que cuidarlo mucho, su pata no se puede ensuciar, si no, se infectara y puede que tu perro quede sin pata, respondió mi madre. ¿Sin pata?, JAMAS, pensé. Tendría que cuidarlo sumamente bien, para que pueda curarse.
- De acuerdo, respondí. Y fue en ese momento que mi mamá lo llamo, "Cojo,Cojo" y el perro fue donde ella, quede sorprendido pues nunca antes mi perro le había hecho caso, pero parece que al notar que fue mi madre la que lo salvo de quedar sin pata y quizás de la muerte, no tendría ningún problema en responder al nombre de " Cojo".
- Mira, parece que me hace caso, se quedara con ese nombre, si no, nunca mas me obedecerá,dijo mi madre.
- Esta bien, mamá. Que mas podía decir, yo estaba en la misma deuda que mi perro, ninguno de los dos quería que estuviera mal.
De repente, suena el portón delantero, alguien esta tocando la puerta, grita mi madre y siento los pesados pasos de mi padre acercándose a la puerta, ¿Si, buscas a Adrian?, pregunta mi padre, Si, señor, responde alguien del otro lado. ¡Adrian te busca tu amiguita Susana!, grita mi padre y quedo un poco frió por escuchar su nombre, ¿Susana?, pregunto, Si, no te hagas el tonto, responde mi padre. Salgo a responder y ahí estaba Susana, la niña de la cual siempre estuve secretamente enamorado.
- Dime Susana, ¿Qué ha pasado?
- Nada Adrian, solo pensé en venir a buscarte, saldremos a jugar con la pelota de Samir, estarán todos frente a su casa, quería que estuviéramos todos para que sea mas divertido, ¿qué dices?.
- Claro Susana, como decir que no, estaré ahí dentro de un momento, tengo que cuidar a mi perro un momento, mientras se pone mejor, luego te contare lo que me paso.
- Esta bien Adrian, te espero frente a la casa de Samir.

está genial !!! me llego a mi corazón...
ResponderEliminarlos personajes, el contexto en la cual se desarrolla la historia, en como se enreda y encaja la naturaleza...waaa todo me gusta!!! me hizo recordar muchos recuerdos y sueños =D
...derrame algunas lagrimas sobre mi teclado...leyendo la parte del perrito y Adrian, muy bello.
Me gusto todo todo todo!!!...estoy muy ansiosa por leer la continuación =D Felicidades Amor ;)